Programa de mano, estreno, 27-II-2010

En los últimos diez años se ha producido un cambio sustancial en el conocimiento de la obra lírica de Albéniz, y de tal índole que podemos asegurar que éste ha dejado de ser tan sólo, y era mucho, el grande y españolísimo compositor de piezas para piano. La grabación de sus canciones en castellano, italiano, francés e inglés, en especial estas últimas, han proporcionado a un público amplio otra dimensión de su indudable genio.

Pero ha sido, sobre todo, en el terreno escénico donde el músico español ha logrado reconocimiento mundial. Y ha sido a partir de la grabación de sus tres grandes óperas: Henry Clifford, Pepita Jiménez y Merlín. Por lo que respecta a Madrid, Pepita Jiménez subió al escenario del Teatro de la Zarzuela hace poco más de diez años y Merlín llegó al Teatro Real en mayo de 2003. Eso sin contar las excelentes versiones de concierto que Pons y José de Eusebio ofrecieron en el Auditorio Nacional de Pepita Jiménez y de Merlín, con la Orquesta Sinfónica de Madrid. Además, se ha representado no hace mucho tiempo en el Teatro de la Zarzuela, junto a Goyescas, de Granados, la zarzuela San Antonio de la Florida, con la Orquesta de la Comunidad de Madrid, dirigida por José Ramón Encinar.

Pero sigue habiendo lagunas en nuestra tardía, aunque entusiasta, recepción del Albéniz lírico. No se ha representado en Madrid Henry Clifford y tampoco se ha grabado ni representado The Magic Opal, una creación insólita en nuestro panorama lírico del siglo XIX, por tratarse de una ópera cómica inglesa, lo que nosotros llamamos operetas. Pero no se trata de una opereta a la vienesa o a la húngara, al estilo de Johann Strauss o un Lehar, por poner dos ejemplos, sino de una partitura que puede situarse al lado de las celebérrimas (en Londres) de Sir Arthur Sullivan.

Durante el verano de 1892, Albéniz se aplicó a la composición de la opereta The Magic Opal, sobre un libreto del comediógrafo Arthur Law en tres actos. Se estrenó en el Lyric Theatre, el 19 de enero de 1893, con éxito. La crítica alabó la orquestación y la obertura, que Albéniz tomó de sus ya escritas Escenas sinfónicas. Bernard Shaw escribió en World una reseña detallada donde decía: “The Magic Opal es un copioso ejemplo de esa inspiración abundante de la que el señor Albéniz ya nos ha dado sobradas pruebas. Su música es bonita, bien proporcionada, vivaz, de talante espontáneo y, por supuesto, demasiado romántica y refinada para los materiales que Arthur Law le había proporcionado”.

Confiado en esos resultados, Albéniz viajó hasta Madrid, donde presentó The Magic Opal en el Teatro de la Zarzuela, el 23 de noviembre de 1894, en una versión española con el título de La sortija, y libreto adaptado del inglés por Eugenio Sierra, comediógrafo santanderino que llegaría a colaborar años después con Bretón y Chapí. Albéniz confiaba en que sería bien recibida, pues no había transcurrido un mes del estreno en el Teatro Apolo de su zarzuela San Antonio de la Florida, también con libreto, esta vez original, de Eusebio Sierra, obteniendo quince representaciones tras el estreno y otras cinco en una reposición quince días más tarde.

Sin embargo, no fue así. Desde un primer momento, una parte del público rechazó la representación con toses, ruidos y bufidos, que obligaron a Albéniz a enfrentarse con el sector que boicoteaba, exclamando: “¡Bárbaros!” Abandonó el foso y, por el pasillo del patio de butacas, entró en el vestíbulo, salió a la calle y se dirigió al Café de Fornos. El concertino tomó la batuta y la representación pudo continuar. Ni siquiera la crítica entendió que la música, en este caso, tenía un carácter muy diferente a la de la zarzuela. El estilo más frío y el enredoso argumento resultaba pesado para el público español y los números colectivos eran demasiado estridentes. Algunos decían que era música sabia, sin interés teatral. La verdad es que tanto el libreto como la rápida adaptación de Sierra obraron en contra de su eficacia escénica.

Ahora, por fin, se va a reparar parcialmente aquel “fiasco” de Albéniz en el querido Madrid de su infancia y juventud, ofreciendo, en versión de concierto, esta incursión de su arte en terrenos británicos, y que para él fue decisiva, pues, fascinado por la música de The Magic Opal, un poeta llamado Francis Money-Coutts, hijo de banqueros, decidió protegerle y formalizar con él un pacto que generaría tres grandes óperas y un ramillete de bellísimas canciones de imperecedera memoria.

ALBERTO RUIZ GALLARDÓN